Ella se encuentra ahí, de pie a tu lado, sus manos recorren tu cuerpo con lentitud, casi un paso de baile, cada dedo se encarga de repartir aquel liquido espeso por tu cuerpo, prolongando cada caricia de manera innecesaria, disfrutando de tu piel más que tu de la suya.

El aceite cubre tu cuerpo con timidez, aventurándose, como ella, a tocar tu esculpido cuerpo mientras tú descansas.

Sus dedos trazan la línea de tu columna antes de separarse, extendiéndose a tus poderosos hombros.
Un leve gemido brota de tus labios al sentir el contacto de sus dedos, ahí donde tu cuello toca tu espalda. Ella se detiene por segundos, un sonrojo se extiende por su rostro y así se queda, paralizada, el sonido de tu voz aún haciendo eco en la estancia.

Te incorporas con lentitud, y sin girarte completamente, haces alarde de aquella flexibilidad que nadie se espera en tu cuerpo, la observas sonriendo con esa torcida sonrisa que derrite a cualquiera, tus manos sujetan su rostro, cubriéndolo completamente, y tus labios devoran los suyos, dominante, no pides permiso y ella no te lo niega, devuelve el beso con torpeza y tú te ríes, recostándote en la camilla nuevamente.
Las manos que masajeaban mi espalda se detienen, creando más presión de la que soporto, y grito, sintiendo sus dedos como hierro en mis hombros. Tus ojos se clavan en los de él, amenazantes, súbitamente peligrosos, el se detiene y agacha la mirada, sus manos regresando a trabajar, más cuidadosas que nunca, el tacto apenas el roce de una mariposa.

Sonríes satisfecho y te relajas, como si nunca te hubieras tensado, ella vuelve a lo suyo, sus ojos nunca dejan tu cuerpo, pese a que los de él no dejaban de verla con reproche.

Tus ojos están clavados en los míos, un brillo travieso en ellos, una promesa ahí, aventura.
Un escalofrío recorre mi cuerpo y él se da cuenta, se tensa, te odia, odia como haces tuyas a las dos mujeres de el cuarto aún sin tocarlas, te odia y tu lo notas, tu mirada, calurosa y sensual se congela, adoptando un negro amenazador, la mirada de un predador.

El se detiene, temeroso, y tú te incorporas, la delgada manta blanca que te cubría cayendo al suelo, dejándote desnudo, no parece importante sin embargo, y así, avanzas.

Avanzas hacia él y el retrocede, no te detienes, y el sigue echándose hacia atrás hasta que al final lo acorralas contra la pared.

Pese a que es alto apenas puede verte al esternón, y tiene que levantar la aterrorizada mirada para verte, le sonríes, complacido ante las gotas de sudor que perlan su rostro.

Ella y yo intercambiamos miradas, asustadas, sin atrevernos a realizar otro movimiento más que cerrar los ojos para no ver el golpe...que nunca llega.

Aprismos los ojos para encontrarte amarrando tu bata a tu cintura, mientras el observa perplejo el gancho de la que colgaba, justo a su espalda.

Un incómodo silencio se extiende por la habitación, y sólo es roto por tu voz, tan tranquila como siempre.
"Se acabó el tiempo" Murmuras caminando hacia mí, envolviéndome con mi bata antes de levantarme de el suelo, sin esfuerzo.

Salimos de la habitación en silencio, tú, complacido, tus ojos disfrutando los míos.

-Es la última vez que acepto un masaje a tu lado-Anunció con sinceridad, a lo lejos la discusión de los masajistas se intensifica, eran amantes...Una sonrisa se extiende por tus labios, complacido...Lo sabías, sabías que eran pareja.

Valla canalla que eres.